Fundación Marambio
TC-48: El enigma del avión de los cadetes

La hija del piloto de la aeronave quiere saber qué pasó

En 1973 retorné a vivir a Córdoba, con 17 años. Recuerdo a una vecina de mi edad, Regina, que vivía a la vuelta de casa; no tenía papá y a la mamá le decían "la loca del avión".

Se llamaba Clyde Zurro, esposa del comandante Mario Zurro del TC-48, avión desaparecido el 3 de noviembre de 1965 en el Caribe.

Como muchos parientes de los desaparecidos, ella no aceptaba la versión oficial y mucho menos la muerte de su marido.

Muchos años después, casi 40, volví a entrar a esa misma casa; Clyde había muerto, pero adentro nada había cambiado: los colores de las paredes, los cuadritos, los muebles, el tiempo y el lugar congelados, y Regina en la misma mesa hablaba de "papi y mami", como si estuvieran allí.

Si hace 40 años el misterio me sedujo, me hizo imaginar la jungla, los indígenas, el mar, los tiburones, ahora mi mirada se enfocó en el tremendo drama humano que enfrenta alguien cuando quien más ama desaparece sin una prueba fehaciente de su muerte.

No poder realizar el duelo, no velar un cuerpo, impide poder mitigar el dolor.

Colaboraron en el informe: Alejandra Conti (edición periodística); Andrés Blanco (edición multimedia y de videos); Pablo Leites (musicalización).

Sigmund Freud definió el duelo como "la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción equivalente.

Los familiares son la prueba irrefutable de una experiencia de duelo interruptus. Su duelo se prolonga a lo largo del tiempo llevándolos a un permanente desasosiego.

Al encontrar a Cecilia Viberti hace más de dos años, decidimos acompañarla y registrar su búsqueda, la de su padre, el piloto del avión, Esteban Viberti.

Dice Cecilia: "A los 9 años, esperaba que mi mamá se fuera y me metía en el ropero donde estaba guardada la ropa de mi papá sólo para oler su aroma, su olor".

Rescatar algún trozo de fuselaje de aquel avión es quizá rescatarse a sí misma, a su historia.

Nos propusimos unirnos a Cecilia en un viaje para rescatar la mayor aproximación a la verdad, tantas veces ocultada, velada, distorsionada por la Fuerza Aérea de aquellos años.

El 31 de octubre de 1965 partieron desde Córdoba dos aviones Douglas DC4 de la Fuerza Aérea Argentina para una gira habitual de los cadetes que se graduaban cada año, rumbo a Estados Unidos. Hicieron escalas en Chile y Perú y llegaron a Panamá. El 3 de noviembre decolaron desde la Base Howard de la Fuerza Aérea norteamericana con destino a Tegucigalpa, El Salvador.

A la madrugada, con una diferencia de seis minutos despegaron los dos aviones, El TC-48 y el T-43.

A los pocos minutos el primero se declaró en emergencia por fuego en uno de sus cuatro motores. Nunca se encontró el avión y a ninguno de sus 68 ocupantes.

Fue la mayor tragedia de la Fuerza Aérea Argentina y uno de los mayores misterios de los accidentes aéreos en el mundo.

Pasaron más de 40 años antes de que oficialmente se intentara tímidamente y con muy escasos recursos encontrar alguna respuesta.

¿Qué pudo haber pasado con el TC-48?

Quedan muchas preguntas sin respuestas: ¿Por qué el T-43 siguió a Tegucigalpa como si no se hubiera enterado de la emergencia del otro avión? ¿Por qué la Fuerza Aérea Argentina suscribió inmediatamente un informe de la Fuerza Aérea de Estados Unidos dando por caído en el mar al avión con pruebas insuficientes? ¿Por qué hoy no existe ningún registro de las pocas pruebas encontradas? Una voz oficial dice que todo desapareció en 1981, cuando colapsó un ala del Edifico Cóndor sede central de la Fuerza Aérea en Buenos Aires.

Los especialistas señalan que en los casos de accidentes aéreos en el mar siempre se encuentra alguna prueba, inmediatamente, ya sea una mancha de aceite o combustible, o restos que aparecen más tarde en lugares y playas muy distantes por efecto de las corrientes. ¿Por qué aquí no apareció nada? Si cayó en la Selva de Costa Rica ¿Por qué después de más de cinco décadas de búsquedas nunca se encontró la más mínima evidencia física?

Antes de partir, en Córdoba y Buenos Aires pudimos acercarnos a algunas de las respuestas. Un excadete que viajaba en el T-43 y que oficiaba de operador de radio en ese momento nos confirmó, contrariamente a lo que se sostuvo oficialmente en un primer momento, que él recibió el aviso de emergencia y lo comunicó a sus superiores, quienes le ordenaron guardar silencio y siguieron con el vuelo previsto como si nada.

Otro excadete de la misma promoción, ahora comodoro retirado con más de 30 años de experiencia de piloto de aviones de carga y excombatiente de las Malvinas, nos confirmó que nunca comprendió esa actitud, que iba contra todo lo que había recibido como formación para este tipo de casos.

Un brigadier retirado contradijo la versión oficial al admitir ante nosotros que las pruebas y antecedentes del accidente no estaban en el Edifico Cóndor, sino en la base de El Palomar, y que a pesar de sus intentos nunca pudo dar con ellos.

La única evidencia física del accidente que se conserva es la cédula del cadete Oscar Vuistaz, que oficialmente fue devuelta a su familia como rescatada del mar. Este documento sometido por este mismo brigadier a una pericia en la Gendarmería Nacional dio por resultado que nunca había estado en contacto con el agua salada.

Hay dos hipótesis principales.

Una dice que el avión cayó en el mar y todo fue tragado por el Caribe y sus predadores, como sostuvieron la Fuerza Aérea de Estados Unidos y la FAA.

Otra, en cambio, que cayó en algún remoto lugar de la escarpada y selvática cordillera de Talamanca, como sospechan los familiares.

Las teorías sobre el motivo de la desaparición del avión van desde el mal estado de las naves, historias de complots y tráfico de armas, hasta que el avión llevaba una carga de oro que fue robada por indígenas...

Revisando periódicos de la época en Panamá encontramos un elemento llamativo para tener en cuenta. En esa misma semana hubo tres accidentes de aviones militares argentinos, uno en el sur de Brasil, otro en la Patagonia y el más grave el del TC-48. Titulaba el diario: "Van Tres".

Los diarios panameños tambien reflejaban los accidentes aéreos de aviones argentinos.

EL VIAJE DE CECILIA

¿Cómo fue el último viaje de Cecilia Viberti, hija del piloto del TC-48, a Costa Rica?

Cecilia y el equipo de filmación partimos con destino a San José de Costa Rica desde Córdoba y Buenos Aires para reunirnos allí con Wilfredo Rojas, geólogo y sismólogo de la Universidad de Costa Rica que encaraba su vigésimo octava expedición en búsqueda del avión en la selva costarricense.

Una vez en la capital costarricense, salimos en camionetas cuatro por cuatro y emprendimos la primera etapa hasta Moravia de Chirripó, donde hicimos a pie un rastrillaje de tres puntos prefijados por estudios previos de Wilfredo, que sin ningún interés económico desde hace 21 años persiste en la búsqueda.

Para José Campos, rescatistas de montaña, esta era la décimo octava expedición, al igual que para el baquiano Herman Loaysa.

Si bien está claro por qué persistieron los familiares, nos preguntamos por qué estos hombres de otro país, sin ninguna relación con la aviación, ni con el accidente se arriesgan una y otra vez a entrar a una selva peligrosa a buscar un avión perdido hace 50 años.

Según Wilfredo, a él lo empuja por un lado, la curiosidad que le instaló una maestra que de niño le contó que fue testigo del paso del avión desde el mar hacia la montaña con un motor echando humo; por otro, su formación científica y un compromiso interno que fue creciendo en la medida que conoció más de cerca la tragedia y a algunos de los familiares.

Basta internarse unos pocos metros en esta selva virgen, barrosa, donde llueve casi sin tregua todos los días, con una vegetación asfixiante, oscura, llena de insectos y serpientes, para comprender que uno puede estar a metros del avión y no verlo, e imaginar sin dificultad la imposibilidad de sobrevivencia de alguien accidentado en un lugar así.

Se avanza metro a metro, a golpe de machete, a cada paso cuesta más creer que después de tantos fracasos esta gente continúe e insista en una búsqueda que da la sensación de que nunca terminará.

Pero en Cecilia y los otros hay un impulso invisible y poderoso que los empuja a seguir.

De a ratos se nos aparece en la mente Werner Herzog, con su mítica película Fitzcarraldo, y la imagen de una columna de lunáticos obsesionados en encontrar, ya no un avión sino una respuesta para cerrar un duelo inacabado, para justificar una vida tras esta quimera de buscar sin parar hasta encontrar la verdad.

El previsible fracaso de este intento hace mella en el espíritu. Cansados, mojados, sucios, picados por los insectos, un lógico desánimo nos invade. Pero nadie habla de parar.

Sucede que no vinimos sólo a intentar una vez más una búsqueda actual, también nos propusimos recorrer y preguntar sobre las viejas pistas.

Nuevamente trepamos a la camioneta rumbo a la costa atlántica haciendo base en Cahuita, un típico pueblo costero. Desde allí, en días siguientes nos fuimos internando en los profundos valles que nacen en el mar y chocan contra la cordillera de Talamanca.

En Costa Rica, la selva es densa y tupida. El avión podría estar oculto bajo esa capa verde. Allí existe todo un cúmulo de historias, testimonios y mitos sobre lo ocurrido. Hay quienes afirman haber visto un avión grande, gris, con cuatro motores sobrevolando la zona y perdiéndose en las montañas.

Con Cecilia fuimos detrás de esas historias, andando los valles, navegando los ríos caudalosos que caen de la montaña, hablando con la gente. Las historias se hacían cada vez más frondosas; la verdad se mezclaba con la mentira, desde la opinión más ingenua a la más interesada se sucedían velozmente. Gente que creía lo que nos decía y gente que pedía dinero por una información sin pruebas. Hay testigos que desaparecieron, otros que olvidaron, muchos que hablan con certeza sobre hechos improbables.

En Puerto Limón nos cruzamos con aventureros que nos pidieron cuatro millones de dólares por la ubicación exacta del avión, con supuestos testigos que le decían a Cecilia a quemarropa que un indígena había encontrado el avión y a cinco sobrevivientes a quienes asesinó para quedarse con el dinero. También con gente que desinteresadamente nos daba un dato, una versión, para la próxima.

Recorrimos el valle del río Estrella, el del río Telire, en camioneta, en lancha, abrumados por un calor pegajoso, que a las cinco de la mañana ya nos bañaba en transpiración. Fueron días largos e intensos de rodaje, pero no podíamos dejar de pensar en los otros que no se rindieron y que hace 50 años empezaron esta epopeya sin final cerrado.

Este viaje no develó el misterio, pero nos enfrentó sin anestesia con lo mejor y lo peor de la condición humana, después de casi dos semanas volvimos a San José a buscar documentos, investigar en bibliotecas ordenadas, cuidadas. Fue como haber salido del infierno de la naturaleza al orden de un mundo mucho más manejable por nosotros, pero con la sensación de que en ningún lugar encontraremos toda la verdad.

Empezamos a preparar las valijas para la vuelta e hicimos un último intento, en helicóptero, sobrevolando las montañas y la selva impenetrable. Una vez más, nada.

Por aire y tierra, Cecilia Viberti sigue buscando a su padre. A pesar de todo lo vivido en esos días y de que dice que está cansada, que es su última búsqueda, a Cecilia se le escapan palabras y gestos que la contradicen.

No se rinde, ni por ella ni por los otros que como ella, llevan 50 años buscando saber qué pasó con las 68 personas que desaparecieron. Para su gente, ellos aún están perdidos.

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