Fundación Marambio

Quid (paraísos, 2º parte)
Autor: Juan C. BENAVENTE

Integrante de la Dotación Antártica XLV (45) 2013/14 de la Base Marambio - Antártida Argentina

Domingo 8 de junio de 2014, 15:00 hs; temperatura 19.6 ºC. bajo cero.  La tarde está tranquila, viento calmo, cielo despejado.

Continúan los contrastes tantas veces mencionados. Ayer, temporal con vientos de cien kilómetros por hora, ventisca baja que todo lo llevaba, incluso hasta a los hombres desprevenidos. El temporal es un motor ingobernable que castiga sin piedad estas tierras desoladas, tímidamente habitadas. Se lo escucha golpear las paredes y los ventanales de la base, como queriendo entrar prepotente, autoritario. La sensación térmica, eso que sentimos los humanos, cayó a 50 bajo cero. La naturaleza mostraba su potencia hostil. Casi, porque todavía tiene mucho más poder en su vasto imperio.

Eso fue ayer; ahora vuelvo a esta tarde apacible. El Mar de Weddell se pierde al fondo del horizonte entre témpanos, escombros y placas que lo van colonizando sin prisa, pero sin respiro. Desde la meseta de esta pequeña isla encontrada en la Antártida, el horizonte parece infinito en su circunferencia. La Luna ya está brillando blanquecina en el noreste, apoyada en el colchón cromático del atardecer; la capa naranja recostada y circunvalando al mar; la violácea sobre aquella.

Para esta época del año, el Sol es un intruso que se levanta holgazán en el noreste casi a las 10 de la mañana, preanunciado por un largo crepúsculo matinal, y se acuesta algo después de las 15, en el noroeste. Se mueve y levanta poco, escuálido;  describe un arco senil que no alcanza a quemar un papel bajo la lupa, menos a calentar este vasto campo de hielo. Pero su presencia siempre es venerada, aun siendo tan escurridizo. Más al sur, hasta los confines polares, el día es cada vez más breve y el Sol cada vez más lejano y frío.

La observación meteorológica de las 15 estaba en marcha, no obstante la tarde pedía ser contemplada. Dejé el abrigo meteorológico y caminé en dirección al ocaso, en busca del sol perdido; crucé la pista de aterrizaje, seguía sin ver al rey. El piso era un mármol de hielo, duro, sin fisuras, salpicado por la nieve barrida por el temporal pretérito.

Cerca del umbral de la meseta el espectáculo era sobrecogedor. El resplandor amarillo del sol sofocado por las nubes bajas del oeste, que avanzaban lentas a paso de hombre cansado, cubriendo el mar, los témpanos, el fondo de ese pedazo de horizonte. La isla Cockburn, réplica basáltica de un volcán, eterna compañera y guardiana occidental había sido partida en dos por las nubes. Detrás,  todavía estaba la isla Ross con su vasta silueta oscura rebosada por el enorme glaciar cuya cúspide se escapa a mil metros sobre el mar.

Entre ella y yo apenas unos kilómetros de mar helado y placas de hielo franqueables; parece todo tan fácil desde lo alto de la meseta, todo tan cercano y amigable. A la izquierda, el cabo Bodman se extiende como un brazo desde la bahía López de Bertodano, en busca de otras islas, hundiendo sus gigantes dedos de piedra en el mar helado.

Respiré profundo, el escenario era inabarcable.

Recorrí cada palmo de imagen, barriendo la medialuna de ciento ochenta grados de horizonte tan despacio y tranquilo como podía. Lo más increíble y fantástico era eso: el silencio, la inmovilidad de casi todo el escenario. Apenas la coreografía mecánica del Sol y la Luna, imperceptibles para el minúsculo presente, y el mar de nubes que venía hacia mí eran los únicos movimientos. Movimientos susurrados, que no corrompían el imperio de la paz. Para el I Ching, el Libro de las Mutaciones, la quietud es un estado de polaridad que tiene por complemento al movimiento. Así, son su propio ying y yang.

Me hipnotizó la irresistible tentación del silencio. Quedé inmóvil. La Luna y el Sol seguían su lenta maquinaria celestial; yo apenas movía el fuelle del pecho, no quería perturbar el aire. Comenzaron a latir mis oídos, comencé a oír mi propia máquina, aquella que impulsa la sangre y me oxigena de vida. Todo era perfecto. Yo era un pedazo más de paisaje, apenas un bípedo peñasco color naranja.

Captar este instante absoluto es captar el momento de la creación, acto lúdico que se recrea a cada instante. La soledad es el mejor antídoto contra la disipación forzada de nuestras vivencias.

Atrás quedaban los traumas humanos, las gentes andando ritmos de otras latitudes, lugares infectados de porosas ciudades, edificios, automóviles y perturbadoras ondas eléctricas. Los gases quemados de la inconciencia nos alienan de la naturaleza, cortan el cordón umbilical de las esencias que nos adhieren al cosmos.

De pronto, al borde de la meseta me sentí devuelto a este lugar que es propio y apropiado, ajeno, vasto, impersonal. No podía moverme. Pero no eran los veinte grados bajo cero los que me retenían, eran la voluntad, el convencimiento absoluto de un acto de creación, la asunción de la conciencia del cosmos. Tamaño privilegio y responsabilidad tenemos. Seguramente no somos la única conciencia, habrá otras formas y dialectos en el lenguaje del Todo.

Me seguía impresionando la quietud y la paz de la escena. No es un decorado, acaso nosotros malogramos lo que millones de años de soledad han hecho en este planeta. Allí abajo se desparraman millares de fósiles, fragmentos petrificados de vidas cretácicas ocultos por la nieve y el hielo estacionales. El verano los expondrá nuevamente al sol y a los hombres curiosos.  Los seres que nos precedieron vivieron sus propios instantes y volvieron a la tierra que los animó; nosotros, tal vez,  ya no podamos volver como ellos.

Va oscureciendo, la desconfiada base humana desconoce a la naturaleza, por eso le teme, como a la noche. Sin embargo, quien conoce a la naturaleza, camina junto a ella con admiración y devoto respeto.

La vuelta es la transfiguración de la comodidad a la incomodidad, del placer al pasar.
Dejé al crepúsculo que siga su lógica sincrónica;  dejé de contemplar los glaciares y el fondo modelado del horizonte, allá, a setenta kilómetros al norte.

Dejé una parte de mi humana figura incrustada e invisible en ese borde, como una roca que respira.

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