Arqueología Antártica
Trabajos de la República Argentina en la isla Cerro Nevado
durante las campañas antárticas 1979-80 y 1980-81

Por el Lic. Santiago Mauro COMERCI (*)

Contribución Nº291 - Dirección Nacional del Antártico - Instituto Antártico Argentino - Buenos Aires (1983)

I - INTRODUCCIÓN

La humanidad, a través de su devenir, va dejando testimonios de su laborioso paso por la tierra; huellas sobre la arena del tiempo, que servirán a cada generación parta mantener viva la memoria de la gran aventura de la vida.

Siguiendo esas improntas, el hombre reconstruye su pasado y lo vuelve presente, en un empecinado intento por eternizarse aquí en la tierra, deteniendo y trascendiendo al tiempo, ese río en el que no podemos bañarnos dos veces en las mismas aguas, según decía el griego Heráclito.

En lo que respecta a nuestra historia occidental, ya la antigüedad clásica, nos ofrece algunos nombres de quienes se preocupaban por coleccionar esos vestigios. Plinio, Luciano, Pausanias, son algunos de ellos.

Promediando la Edad Media, a partir del año 1424, Ciriaco de Ancona es el primero en recorrer con criterio científico las comarcas del Mediterráneo, Europa, Asia Menor, África; pero es recién a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, cuando comienza a perfilarse en el campo de la historiográfica, una nueva disciplina en este menester: la arqueología.

Se inicia así, la nueva etapa científica que deja atrás la de los meros coleccionistas de antigüedades y obras de arte.

El hallazgo de la piedra bilingüe de Rosetta en agosto de 1799, durante la campaña napoleónica en Egipto, a través de los estudios de Champollion posibilito el nacimiento de la egiptológica y el descubrimiento de las ruinas de Troya, Micenas y Tirinto por el alemán Schliemannn, a fines del siglo pasado, que favoreció el conocimiento de la antigua cultura egea; son solamente dos hitos en el comienzo de la nueva ciencia.

Es una etapa que bien podríamos denominar romántica, ya que la sugestión del pasado es la que mueve a los pioneros; si bien es necesario reconocer que siempre perdura una dosis de romanticismo en este quehacer, sin el cual no habría arqueólogos ni historiadores.

Pero, ya en los comienzos del siglo veinte esta disciplina, que ha comenzado siendo una eficaz auxiliar de la Historia, empieza a independizarse adquiriendo métodos y técnicas propias.

Según el periodo estudiado, la Arqueología se divide en prehistórica e histórica, reconociéndose subdivisiones en cada caso.

En cuanto al espacio geográfico también hay divisiones y subdivisiones en cada caso, siendo su ámbito tan amplio que abarca toda la tierra. Sin embargo, una parte del planeta parecía hasta hace poco estar vedada a la Arqueología.

Antártida, separada geológicamente del resto de los continentes del Hemisferio Austral mucho antes de la aparición del hombre, y exenta por lo tanto de migraciones humanas, no ofrecía civilizaciones, culturas, pueblos ni ciudades que descubrí ni estudiar.

Allí, en ese inhóspito, helado y desolado rincón del globo, no había lugar para la Arqueología ni la Historia.

Pero el hombre, ese gran aventurero para quien el planeta ya resulta chico, llegó también un día a la región de los hielos y las nieves eternas.

Un día incógnito aún pero no muy lejano, siglo y medio quizás, lo suficiente para que ya hoy sintamos la necesidad de rescatar y conservar los vestigios de lo que alguna vez fue un drama o una simple anécdota.

Y así, ha llegado ya la Arqueología a la Antártida, y asistimos a esa etapa inicial que hemos caracterizado como romántica, ya que nos impulsa el afán de recoger y conservar objetos que nos son caros por pertenecer a quienes allá lucharon a riesgo aun de la propia vida, como en muchas ocasiones, ya sea por develar el misterio de aquella naturaleza virgen, o por defender una tierra irredenta de la patria.

Obviamente la Arqueología antártica en cuanto a metodología, difiere de la que se practica en el resto del globo; tanto por la diferente naturaleza del terreno como por tratarse de yacimientos recientes, que no requieren grandes excavaciones ni estratigrafía para ubicar cronológicamente el hallazgo.

II - ANTÁRTIDA: LOS COMIENZOS

La arqueología histórica en la Antártida es de reciente data.

En el verano de 1957-58, los ingleses recuperaron objetos abandonados por los foqueros del siglo pasado en la isla de Livingston de las Shetland del Sur; en 1960-61.

Los neocelandeses limpiaron, restauraron y conservaron tres cabañas que las expediciones antárticas británicas de 1901 y 1913 dirigidas por Scott y Shackleton respectivamente, habían construido en la isla Ross, y en 1978 los australianos iniciaron tareas similares en la bahía del Commonwealth, en la cabaña dejada por la Expedición Antártica Australiana de Mawson (1911-1914).

Quedaban sin embargo en Antártida, otros sitios arqueológicos de muy especial interés para tareas como las señaladas: la cabaña de la Expedición Cruz del Sur, de Borchgrevink (1898-1910), en cabo Adare, y las de la Expedición Antártica Sueca, de Otto Nordenskjöld (1901-1903), en las islas Cerro Nevado y Paulet y en la bahía Esperanza.

Estando esta última expedición tan ligada a la historia antártica Argentina, ya sea por la participación del Alférez de Navío de nuestra Armada José María Sobral en el viaje, como por el hecho de haber sido los expedicionarios rescatados por nuestros marinos, debía la Republica Argentina acometer la empresa, mas aun teniendo en cuenta que esos restos están ubicados en el espacio antártico que por múltiples razones la Republica Argentina reconoce como propio.

De tal modo, entre las previsiones de la Dirección Nacional del Antártico para la temporada 1979-80 figuró la iniciación de los trabajos en Cerro Nevado, lugar prioritario, ya que la cabaña allí existente había sido declarada monumento histórico nacional por nuestro gobierno.

Su restauración y conservación debía ser encarada a la brevedad. Tal cometido, significa también una obligada respuesta, a las recomendaciones hechas en tal sentido en las reuniones internacionales de los países miembros del Tratado Antártico.

Elaborado entonces el plan de trabajo en Buenos Aires durante el invierno de 1979, el autor de esta nota viajó a Antártida en los primeros días de enero de 1980, con la doble finalidad de ver la posibilidad de recuperar objetos seguramente abandonados por los expedicionarios, dado lo imprevisto y apresurado del rescate, e inspeccionar la cabaña para encarar su futura conservación.

RELATO DE ESTA NUEVA Y APASIONANTE EXPERIENCIA

Pero antes, una rápida mirada retrospectiva.

III - CERRO NEVADO: AYER

La Expedición Antártica Sueca del Dr. Otto Nordenskjöld (1901-1903)

1901 - Diciembre 16 | Entra en el puerto de Buenos Aires el buque de bandera sueca “Antarctic” con la expedición científica del doctor Otto Nordenskjöld, que iba a explorar el sudeste de la península Antártica en cumplimiento del plan de la Gran Expedición Antártica Internacional, propiciada por el congreso de geografía internacional de Berlín (1899).

A pedido del entonces ministro de Marina, Coronel Onofre Betbeder, Nordenskjöld incorpora a su expedición al joven Alférez de Navío José María Sobral, que se ocuparía de las observaciones geodésicas y magnéticas, y después de completar víveres y carbón, gracias a la buena voluntad de los trabajadores que para ello suspendieron momentáneamente la huelga que mantenían en esos días, el “Antarctic” zarpó de nuestro puerto el 21 de diciembre de 1901 rumbo al sur.

Previa escala en las islas Malvinas y en la isla Observación, del grupo insular Año Nuevo, donde funcionaban un observatorio de la Armada Nacional para apoyo meteorológico de la Gran Expedición Antártica Internacional, el buque cruza el pasaje Drake alcanzando las islas Shetland del Sur y el estrecho de Gerlache, en la costa occidental de la península, y en busca del paso hacia el mar de Weddell que baña la costa oriental; por allí no lo encuentra.

Pone proa al NE y dobla el extremo norte de la península (actual bahía Esperanza) y navegando por el mar de Weddell, alcanza las islas Seymour (hoy Isla Vicecomodoro Marambio) y Cockburn, en medio de un fuerte temporal que lo empuja hasta la isla Cerro Nevado, casi un verdadero museo natural de fósiles, algunos de los cuales, habían sido llevados a Europa por el capitán ballenero Carlos Antonio Larsen, que ahora dirigía al “Antarctic”, y que en 1893 había recorrido la zona.

Esos fósiles fueron la primera prueba documental del clima cálido que antiguamente impero en la Antártica, y en ese momento uno de los principales objetivos de la expedición, a la que le corresponde el merito de y haber sido la primera en estudiarlos.

Allí, en Cerro Nevado del grupo insular Ross, al SE de la península Trinidad, entre los 64º22’ Sur y 57º01’ Oeste, Nordenskjöld decidió invernar.

Era el 10 de febrero de 1902 cuando desembarcaron los científicos comenzando rápidamente la instalación de dos casillas observatorios y refugio momentáneo hasta tener terminada la casa-habitación, cuya construcción se llevo a cabo entre los días 13 y 22 de febrero, empleándose paneles de madera traídos desde Europa.

Lista la casa para ser habitada quedan allí Nordenskjöld y cinco de sus hombres, entre ellos nuestro compatriota Sobral, partiendo el resto de la expedición con el “Antarctic” rumbo al norte para ir a reaprovisionarse en Ushuaia y embarcar en Malvinas a otro miembro de la expedición que había partido después de la zarpada del “Antarctic” del puerto de Gotemburgo.

Malvinas, Georgias del Sur y Tierra del Fuego fueron los lugares tocados por el buque, aprovechando los científicos para hacer observaciones geológicas, botánicas y zoológicas y relevamientos cartográficos.

El 7 de noviembre de 1902 el “Antarctic” alcanzo nuevamente el pasaje de Drake frente al Cabo de Hornos de regreso al Antártico. Cruzando el temible y turbulento pasaje los expedicionarios recorren las Shetland del Sur hasta la isla Decepción, haciendo siempre observaciones científicas y cartográficas, para encarar luego la ruta del mar de Weddell en procura de Cerro Nevado.

Pero esta vez los hielos ya muy avanzados impiden la navegación.

Tres hombres desembarcan en la actual bahía Esperanza con la idea de intentar llegar a Cerro Nevado por sobre los brazos de mar congelados; no lo conseguirían y deberán construir con lajas del lugar una precaria choza de refugio, pues el buque habiendo intentado mientras tanto la penetración del Weddell, sucumbe aprisionado por el hielo frente a la isla Paulet, en la que se refugiaron los tripulantes, veinte en total, que también recurrieron a las abundantes lajas de basalto de la isla para cobijarse.

Así quedo la expedición dividida en tres grupos aislados, incomunicados y sin ninguna posibilidad de regreso.

Mientras tanto en Buenos Aires comienza la preocupación por la suerte de los expedicionarios ya que avanza el año 1903 y el “Antarctic” no regresa.

Nuestro gobierno no se limita solamente a comunicar la novedad a Suecia, sino que ordena preparar una expedición para la búsqueda del “Antarctic”.

Así, convenientemente reacondicionada, la corbeta de la Armada Nacional “Uruguay” parte en octubre de 1903 bajo el comando del Teniente de Navío Julián Irizar, con destino a Ushuaia donde debía reunirse con el buque “Le Francais”, del explorador polar Dr. Charcot, y el buque sueco “Frithjof”, del investigador Tylden.

Después de infructuosa espera, la corbeta inicia sola su itinerario antártico alcanzando el 4 de noviembre, los primeros hielos al NO de las Shetland del Sur.

Navegando siempre entre témpanos, penetro en el Weddell. El 6 recalo en cabo Seymour, de la isla homónima, y el 8 se produce el primer contacto con los suecos.

Ese mismo día, como si la cita hubiera sido previamente convenida, llegan a Cerro Nevado el capitán Larsen, desde Paulet, y la gente de bahía Esperanza.

Recogido el resto que había quedado en Paulet, la “Uruguay” emprende el regreso arribando a la isla Observatorio del grupo Año Nuevo, después de soportar un temporal que le causo algunas averías.

El 22 la expedición esta en Santa Cruz y el 2 de diciembre en Buenos Aires.

En la dársena se había levantado una tribuna donde funcionarios del gobierno y destacadas personalidades esperaban a los viajeros, que el día 9 fueron homenajeados en un gran acto en el teatro Politeama, donde el Dr. Nordenskjöld pronuncio estas proféticas palabras: “Esta expedición de la “Uruguay”, la primera que ha salido del Hemisferio Sur, no será la ultima que la Argentina mande”, y agrego: “Una expedición semejante, siempre sabrá aumentar el respeto y el honor de la bandera Argentina”.

Tal, en muy apretadísima síntesis, la aventura vivida por aquella expedición que aporto datos novísimos y de incalculable valor, especialmente los fósiles de Cerro Nevado y bahía Esperanza, el conocimiento de tan singular porción de globo, y cuyo recuerdo nos resulta tan grato a los argentinos, por estar relacionado con nuestra primera participación en la investigación antártica –primera también de nuestro continente- concretada con el apoyo meteorológico del observatorio de Año Nuevo, la intervención de Sobral y la proeza de nuestros marinos de la corbeta “Uruguay”.

IV - CERRO NEVADO: HOY

Hacia Cerro Nevado

El 11 de enero de 1980 a las 14:00 horas, en el aeródromo de la I Brigada Aérea El Palomar de la Fuerza Aérea Argentina se inicio el viaje con destino a la Base Aérea Vicecomodoro Marambio, en la isla homónima al SE de la península Antártica, entre los 64º 17’ Sur y 56º 45’ Oeste.

El vuelo, realizando por un Hércules C-130, era parte del programa con la Fuerza Aérea Argentina participaban en la Campaña Antártica Argentina 1979-1980, campaña estival que la Republica Argentina efectúa ininterrumpidamente todos los años desde 1947 con su marina de guerra, y a partir de 1951 también con las otras dos fuerzas y el Instituto Antártico Argentino, actualmente dependiendo de la Dirección Nacional del Antártico.

A las 18.00 hs aproximadamente, el Hércules arribo a Río Gallegos, escala casi obligada donde se hace combustible, a veces, se carga algún material o encomienda con destino a Marambio, y se espera el pronostico del tiempo para la penetración antártica.

Cuando la estadía del avión se prolonga varias horas o días, como en la oportunidad que relatamos, los viajeros aprovechan para despedirse de la vida civilizada y su confort urbano con un paseo por la ciudad donde siempre hay algo que comprar y que uno ha olvidado en Buenos Aires, un casete, un libro, una revista, etc.

En vísperas de las precarias condiciones de vida en el campamento antártico o en la base, en medio de una naturaleza en la que abundan el gris, la piedra, el hielo y la nieve y están ausentes la mujer y niño, un despreocupado paseo por la Av. Roca, un te o un simple café saboreados en una de sus confiterías, son un lujo que el viajero antártico nunca deja de darse (auto gratificación dirá un psicólogo); es algo así como una despedida de la vida linda, con sus comodidades y momentos y cosas agradables, por todo lo desagradable de la vida diaria, el tren, el colectivo, el horario y otras tantas cosas que se olvidan en la añoranza; y el hombre, en tales circunstancias, comienza a extrañar lo suyo cuando va tras su destino antártico, porque la distancia ya no se mide por kilómetros ni por horas, sino por efecto psicológico.

Menos de siete horas de vuelo separan Buenos Aires de Marambio; pero Antártida es otro mundo, y el hombre tiene realmente la sensación de estar en otro mundo.

Esta vez la estada en Río Gallegos se prolongo excesivamente. Diversas circunstancias, principalmente las condiciones meteorológicas adversas, postergaron el vuelo hasta el 26 de enero de 1980.

Eran las 22.00 horas cuando aterrizamos en la pista de la Base Aérea Vicecomodoro Marambio con una temperatura de diez grados bajo cero, duplicados en sensación térmica por el viento y la nevisca.

Antártida nos hacia un buen recibimiento, muy especial para los que llegaban allí por primera vez teniendo así una especie de bautismo.

Si a estas condiciones climatológicas, tan comunes y propias del Antártico, agregamos el tedio producido por un paisaje monótono y descolorido, con cielo siempre cubierto, carente casi de vida por la escasa población animal en toda la zona del mar de Weddell, tan diferente del clima y la geografía de la costa occidental de la península Antártica y sus islas adyacentes sobre el mar de Bellingshausen, se comprenderá entonces la desmoralización y depresión anímica que a veces se padece y que en algunos, produce un vivo deseo de emprender la vuelta.

Ya en la base, el autor de esta nota constituyo un equipo de trabajo con el Sargento 1º (R) Ramón Oscar Alfonzo, un veterano antártico que llego al Polo Sur el 10 de diciembre de 1965 con la expedición terrestre del entonces Coronel Jorge Edgard Leal, y el Cabo 1º de la Fuerza Aérea José Daniel Ortiz, ambos de la Dirección Nacional del Aeronáutico.

Las persistentes malas condiciones meteorológicas que no permitían operar a los helicópteros, recién posibilitaron nuestro traslado a la vecina isla de Cerro Nevado el día 4 de febrero de 1980 (a 22 kilómetros de la Base Marambio).

Con una gran alegría recibimos ese día la comunicación de que debíamos estar listos para viajar a nuestro destino. Por una parte, nos acuciaba la ansiedad por llegar al histórico lugar donde aquellos pioneros habían trabajado y habían vivido las angustiosas horas de su odisea de incierto final, y ponernos a trabajar en procura de los testimonios de aquella presencia, que allí suponíamos abandonados.

Por otra parte, la necesidad de terminar con esa inactividad de la espera, que en cualquier lugar, en Antártida mucho más, hace las horas interminables. Además, la vida en una base antártica tiene sus serios inconvenientes para el hombre acostumbrado al confort de la vida urbana.

Las precarias condiciones impuestas por el medio, ya que el agua se reserva principalmente para la cocina, en especial los largos días de temporal, a veces hasta una semana, en que los hombres destinados para la guardia de agua no pueden salir a trabajar afuera, pues el liquido elemento se obtienen por derretimiento de nieve, cuando ha nevado, o recogiendo hielo del mar.

Dada esta situación, fácil es comprender que el pasar bien en una base antártica depende del buen espíritu y buena disposición de la dotación, lo que a su vez depende exclusivamente de la inteligencia y capacidad de dirección y manejo de los hombres que posea el jefe, que debe ser una persona bien equilibrada y con sentido humano bien desarrollado; debe ejercer el mando sin que se note, estimular a sus hombres y comprender sus momentos de depresión, también disimular la propia; esto debe ser condición de todo antártico para no perjudicar al grupo; en una palabra , debe tener algo de psicólogo y de sacerdote, y por sobre todas las cosas algo muy elemental, pero no común, saber vivir.

Y así fue en la base Vicecomodoro Marambio en la temporada 1979-1980. El autor de este relato se hace pues un deber expresar aquí su reconocimiento al señor Vicecomodoro Carlos Alberto GUT y su dotación por las atenciones y amables momentos que le brindaron durante su estadía allí, en medio de tanta cordialidad.

En Cerro Nevado. Un encuentro con la historia.

A las 16:00 horas del día ya indicado se arribo a Cerro Nevado. En tres viajes, el helicóptero transporto la carga del campamento, que fue instalado junto a la cabaña construidas por los hombres del doctor Nordenskjöld, sobre una elevación de aproximadamente trece metros sobre el nivel del mar; es una morena lateral del glaciar que cubre la isla por el sur y el oeste.

En nueve días, del 13 al 22 de febrero de 1902, los suecos armaron la casa que fue ocupada por Nordenskjöld y cinco de sus hombres, entre ellos nuestro compatriota Sobral.

Allí pasaron los veintidós largos meses hasta ser rescatados por la corbeta “Uruguay” de la Armada Nacional, según ya se dijo.

Construida la vivienda totalmente en madera con dos plantas y techo a dos aguas, tiene una superficie cubierta de 23,67 m2.

Según la descripción hecha por Sobral en “Dos años entre los hielos”, y que concuerda con la de Nordenskjöld en “Viaje al Polo Sur”; fue forrada interior y exteriormente con papel negro preservador de la humedad, cubriéndose el piso y las paredes interiores que daban al exterior, con una gruesa alfombra; sobre la alfombra del piso, se coloco linóleo.

Originalmente las ventanas tuvieron doble vidrio. Los dormitorios fueron provistos de dos cuchetas, una inferior y otra superior, contra los tabiques internos de separación. La cocina fue instalada en la cuarta habitación, sobre el ángulo sudeste de la casa. La planta alta se utilizo como deposito de víveres y equipos.

Actualmente, han desaparecido los vidrios de las ventanas que han sido cerradas por fuera con maderas clavadas para impedir la entrada de nieve, que no obstante ha continuado penetrando.

Este trabajo al parecer debe haber sido realizado por nuestros marinos que inspeccionaron el lugar en 1976 y en anterior oportunidad. El piso todavía mantiene la alfombra y el linóleo completos bajo una cobertura de hielo muy consolidado, proveniente de la nieve depositada durante largos inviernos.

En las paredes solo quedan restos de papel embreado y alfombra. En el centro del pasillo central sobre la pared de la derecha, una antigua salamandra muy deteriorada por el oxido, presenta el tubo del tiraje incompleto, sin salida al exterior. Lo mismo ocurre con la chimenea de la cocina.

Nuestro primer trabajo consistió en franquear el acceso a la casa, pues algo impedía interiormente abrir la puerta de entrada mas de veinte centímetros aproximadamente, permitiendo alcanzar a ver una gran acumulación de hielo, que hubo que golpear con un pico introducido por el breve espacio de la puerta entreabierta; fue una tarea lenta y paciente.

Una vez franqueado el paso se hallo el hall de entrada ocupado por un montículo de hielo de cerca de un metro de altura. Eliminado a pico y pala se pudo ingresar a la cabaña comprobándose que estaba totalmente invadida por hielo muy consolidado y abundante nieve.

Una durísima y gruesa capa de hielo sumamente resbaladiza cubría todo el piso obligando a caminar despacio y con gran cuidado para prevenir las caídas, lo que finalmente no se pudo evitar. Cada uno a su turno durante un mes de trabajo pudo comprar así una parte de la casa, rememorando cosas de la infancia ya casi olvidadas. En ciertas circunstancias, y en Antártica muy especialmente, es necesario tener algo de poeta para poder ver el lado positivo de las cosas.

Las habitaciones de los ángulos noroeste y sudoeste presentaban las cuchetas inferiores soldadas a compactos bloques de hielo, dentro del cual se podían ver diversos objetos no identificables.

Las cuchetas superiores mencionadas por Sobral han desaparecido. La cocina totalmente ocupada por el hielo hasta el techo. En el corredor central una mesa, una silla y otros objetos fueron hallados en idénticas condiciones.

En verdad, el panorama era por demás desalentador. No se sabía por donde empezar, y se dudaba del resultado del trabajo; si algo se encontraba, ¿en que condiciones estaría?

El segundo paso consistió en la remoción del hielo que cubría el piso. No hubo mas remedio que emplear el pico, siendo así inevitable la destrucción del linóleo y la alfombra, algunos de cuyos trozos se guardaron con la idea de conseguir algo semejante para la futura restauración de la cabaña.

Haber pretendido derretir el hielo por medio del calor producido por combustión por gas, hubiera significado correr el riesgo de agotar las tres garrafas de cuarenta y cinco kilos cada una de que disponíamos, con el agravante de no concluir el total descongelamiento; y ello era urgente si se quería intentar el rescate de los posibles elementos abandonados allí, según se advertía en algunos lugares.

Por otra parte, los permanentes temporales con nevisca y vientos que oscilaban entre 150 y 200 kilómetros horarios, y las bajas temperaturas que en algunos casos llegaron hasta veinte grados bajo cero, a pesar de estar en el mes de febrero, tornaban ilusorio el método de descongelamiento por calor. De modo que hubo que abreviar utilizando el método mecánico más efectivo, con mucho pesar.

Descongelando el piso lo suficiente como para poder moverse con cierta libertad de maniobra, aunque siempre prudentemente, se encaro la tarea específica: el rescate de los elementos abandonados por los expedicionarios, lo que pudo hacerse en el pasillo y las habitaciones noroeste y sudoeste.

En la habitación del ángulo noreste solamente se encontró un mensaje dentro de una botella, dejando por los marinos que en 1971 habían visitado el lugar.

El descongelamiento y limpieza de la cocina fue postergado para el verano siguiente, ya que se llego al final del mes de febrero sin haber podido encarar ese trabajo. El descongelamiento de los lugares indicados se llevo a cabo eliminando el hielo a golpes de pico hasta aproximarse a los objetos aprisionados en su interior: entonces, para no dañarlos y rescatarlos lo más intactos posible, se abandonaba la herramienta y se aplicaba calor por medio de garrafas de gas con pantalla, acercando esta al hielo cuando era posible.

Como el material así obtenido presentaba fuertes incrustaciones de hielo o, en algunos casos, quedaba completamente envuelto por el, se desecho cualquier método mecánico para liberarlo por el riesgo de su deterioro, especialmente cuando se trataba de genero, papel o vidrio, prefiriéndose en cambio aprovechar la radiación solar.

Como esto ya había previsto al preparar el plan de trabajo en Buenos Aires, se contaba con dos grandes bobinas de polietileno, de modo que los objetos fueron expuestos al sol con una doble envoltura de polietileno negro y cristal de cien micrones de espesor, con la indicación del lugar del cual habían sido extraídos. Con este sistema se obtenía mayor absorción de radiación solar por el polietileno negro, y además refracción entre ambas cubiertas, acelerando así la fusión y total descongelamiento del objeto sin tocarlo.

Lamentablemente se dispuso durante esa estada en Cerro Nevado de muy pocas horas de sol. El permanente mal tiempo y las bajas temperaturas, según ya se manifestó, constituyeron un serio obstáculo demorando la tarea considerablemente. Sin embargo, la satisfacción provocada por el buen resultado obtenido compenso en buena medida la contrariedad por el tiempo perdido.

A medida que avanza febrero el tiempo empeoraba. A partir de mediados del mes ya casi no se vio mas el sol y los temporales fueron cada vez más continuos. Los fuertes vientos que soplaban del Sur aumentaban considerablemente la sensación de frió, y la gran cantidad de nieve arrastrada formaba una especie de niebla blanca que impedía la visión mas allá de los doscientos metros en algunas ocasiones.

Después del día 20 ya fue imposible trabajar pues era menester mantener cerrada la puerta de la cabaña para impedir el ingreso de aire frió y nieve; y los trozos de hielos producidos por el pico, o el agua que corría por el piso al descongelarse por el calor, había que llevarlos al exterior, lo cual requería tener puerta permanentemente abierta.

Estos días finales fueron de gran tedio, pues había que permanecer encerrados con la casa casi a oscuras alumbrada únicamente por la escasa luz de dos faroles a kerosén.

Pero lógicamente, nos consolábamos pensando en los veintidós meses pasados allí por los suecos y el pobre Sobral, casi incomunicado con gente de otras costumbres y diferente idioma; como tenia algún conocimiento de ingles podía entenderse con sus compañeros, con Nordenskjöld principalmente, pero mantener una conversación fluida, imposible. ¡Y pensar que así paso dos largos inviernos con días de pocas horas de claridad, y sin salidas al exterior! Y además, la angustia por el incierto futuro.

El día 22 fue un verdadero regalo de Dios. Cielo descubierto, pleno sol, sin viento ni nieve. Serian aproximadamente las 16:00 hs. cuando el rugir de un motor de helicóptero nos anuncio la llegada de una visita, de una nueva visita, pues siempre que el tiempo lo permitía un helicóptero de Marambio venia a ver como estábamos.

En una ocasión esta visita fue providencialmente oportuna. Durante tres días uno de los hombres estuvo indispuesto y carecíamos del fármaco apropiado para su dolencia; solamente la visita del helicóptero podía solucionar la situación, pero imposible; soportábamos un persistente temporal desde hacia cinco días.

Nuestra preocupación iba en aumento. ¿Qué hacer? No teníamos radio para comunicarnos con la base, y aunque la hubiésemos tenido de nada hubiera servido ya que el temporal impedía el vuelo del helicóptero. Solamente Dios podía cambiar la situación. Y se le pidió… ¡Y escuchó!

En la madrugada del cuarto día el temporal comenzó a amainar. A las diez de la mañana tiempo calmo, buena visibilidad, la isla Cockburn se veía completa y hasta se alcanzaba a ver la extremidad sur de la costa de Marambio.

Apenas perceptible llego el rumor del helicóptero en vuelo. Imposible describir la alegría y la sensación de tranquilidad experimentada en ese momento. Al rato ya estaban los helicopteristas con nosotros e inmediatamente emprendieron el vuelo a la base en procura de nuestro pedido, con el que regresaron enseguida.

Para los que trabajamos en campamento en Antártica, el helicopterista es el amigo que nos tiende la mano en los momentos difíciles. Gracias amigo helicopterista.

Gracias Señor por tu providencial intervención.

Pero la visita del 22 no fue la acostumbrada, y nos depararía una gran sorpresa.

Cuando los helicópteros se posaron suavemente –eran dos- sobre el pedregoso suelo de Cerro Nevado y se abrieron sus puertas, el histórico lugar se lleno de gente.

Nos visitaba nada menos que el señor Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea Argentina, Brigadier General Omar Domingo Rubens Graffigna, que habiendo arribado a Marambio en viaje de inspección e informado sobre nuestra tarea decidió llegarse hasta Cerro Nevado con miembros de su comitiva y periodistas.

Fue una gran satisfacción ver el interés con que observo todo, sus preguntas, la atención con que escucho las respuestas, y la final felicitación y sus deseos de éxito en nuestro cometido. ¡Tanta gente en Cerro Nevado! Fue algo así como un día de fiesta.

El 27 de febrero ya estábamos de nuevo en Marambio dispuestos a emprender el regreso a Buenos Aires con el primer Hércules que entrara.

Volvíamos con una carga preciosa. Cuarenta y dos elementos rescatados: ropa calzado, elementos de laboratorio como tubos de ensayo, algunos con preparados en su interior, pipetas y embudos, herramientas, velas de alumbrado, las piezas de domino con que distraían sus largas y angustiosas horas invernales, una tabla de navegación algo deterioradas, y los dos trozos de madera con los nombres de los expedicionarios grabados y las fechas de estada 1902/1903, otro de los entretenimientos de aquella pobre gente que tanto entusiasmo y empeño puso en su labor, que a pesar de los padecimientos y de la angustiosa espera de un socorro que no sabia si llegaría algún día, pudo hacer tan valioso aporte científico al conocimiento de la naturaleza de la porción del globo mas singular y mas ignorada.

La ropa y el calzado encontrado en la cabaña confirma con sus grandes remiendos y parches, lo aseverado por Nordenskjöld en su obra publicada en Suecia poco después del regreso, y por Sobral en “Dos años entre los hielos”, en cuanto a que tuvieron que aprender el oficio de sastre y de zapatero para componer su vestuario tan deteriorado por el trabajo y la prolongada estadía.

El 18 de marzo a las 10:00 horas subimos al Hércules para el viaje de regreso: dejamos a Marambio con una temperatura de veinte grados bajo cero. A las 18:00 aterrizábamos en la pista de la Brigada Aérea de El Palomar. En esos momentos la temperatura en Buenos Aires era de treinta y siete grados centígrados sobre cero. ¡Que horno! Nadie hablaba de otra cosa. Era el comentario obligado.

Al día siguiente, feriado escolar. ¡Y pensar que habíamos estado deseando tanto el regreso! Sin embargo, en verdad, que agradable sensación estar en casa, pasear con ropa ligera por las calles de Buenos Aires, aun bajo la agobiante temperatura, libres por fin del pesado e incomodo equipo polar.

Pero pronto comienzan los preparativos para la próxima campaña, y el entusiasmo por volver a retomar el trabajo suspendido por una parte, y por otra, la perspectiva de renovar esos momentos de camaradería para la que no queda a veces tiempo en la gran ciudad, y por otras razones aún no develadas, Antártida comienza a atraer como el canto de una sirena.

Y allá volvimos contentos pensando en las sorpresas que todavía nos depararía Cerro Nevado.

El 9 de diciembre de 1980 a las 21.00 horas estábamos de nuevo armando nuestro campamento junto a la histórica y ya familiar cabaña.

De nuevo la dura tarea, el viento, y la nieve y el frió... pero también las amables tertulias, la buena camaradería, eso que es parte tan importante de la vida, sobre todo allá donde compensa tantas carencias, especialmente la de la familia. Y con esa buena armonía y cordialidad.

La Noche Buena, aun lejos del hogar y en la soledad de una isla desierta, fue un amable momento y a Dios se lo agradecimos al sentarnos a la mesa. El menú: pollo al horno con jardinera, buen vino, golosinas y café, obra del inolvidable Alfonzo. Con la música de fondo del tango porteño y el folklore de nuestras provincias, la sobremesa duro hasta las tres de la madrugada. El sol ya hacia rato que había salido.

Para fines de diciembre con total limpieza de la cocina la planta baja ya no ofrecía más problemas. Una buena cantidad de objetos habían sido rescatados: piezas de loza inglesa (mantequera, fuente con sus tapas, platos, etc.), cubiertos de la misma procedencia, tres calentadores Primus, uno de ellos con su carga intacta de combustible, evidentemente en uso en el momento de la llegada de la “Uruguay”.

En el dormitorio del lado sudeste, contiguo a la cocina, había sido hallado un antiguo cofre de madera conteniendo algunas herramientas, calzado polar, algunos fósiles de amonites y huevos de pingüinos perforados y vacíos, que seguramente el marinero Akerlundh y el carpintero Jonassen, ocupantes de la habitación, habían guardado para llevárselos como raros souvenir de Cerro Nevado; intención por lo imprevisto y apresurado del rescate y, sobre todo, por la falta de lugar en el buque.

En el exterior, junto a la cabaña, una especie de carpa armada con una gran cubierta de polietileno negro de un metro y medio por tres aproximadamente, albergaba todos los artefactos envueltos individualmente o por grupos también en polietileno con indicación del lugar del hallazgo.

Y mientras el sol con la ayuda del plástico completaba el descongelamiento de esas cosas, encarábamos la limpieza de la planta alta de la casa, donde había acumulado bastante hielo cuya remoción nos depararía aun otras agradables sorpresas que en verdad no esperábamos.

Fue otra pesada tarea la de descargar por la estrecha abertura del entretecho los trozos de hielo y los restos de ruberoid, lona, estopa y cuero allí abandonados, pero ese ultimo gran esfuerzo tuvo su recompensa con el hallazgo entre tantos trastos viejos y ropa, de dos libros de edición francesa de fines del siglo pasado, uno de los cuales con una dedicatoria a Nordenskjöld firmada por el mismo autor.

Ambos libros en perfecto estado aunque también congelados, como todo lo demás hallado en la cabaña, pues el conjunto estaba totalmente cubierto por hielo.

Para el 6 de enero de 1981 la casa estaba completamente limpia y en su interior solo quedaban la salamandra y la mesa en el pasillo, y la pesada cocina de hierro en su lugar, de muy difícil transporte igual que la salamandra tanto por su peso como por su estado, de modo que su reparación se hará “in situ” en la próxima temporada. Simplemente desoxidación y, probablemente, una mano de negro de humo.

Contando por supuesto con la aprobación de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos, a cuya consideración se someterá el trabajo previsto para la conservación de la cabaña.

Los últimos días fueron aprovechados para una revisión de los basurales existentes en el exterior de la casa que no arrojo gran resultado, efectuándose luego el acarreo de los restos extraídos del interior sin valor por su estado de deterioro, ropa, trozos de cuero, restos de calzado, estopa, pieles de vestimenta polar, maderas y envases de hojalata y vidrio generalmente modernos. Lo que pudo ser quemado se redujo a cenizas y lo demás se deposito en oquedades del terreno.

El día 10 de enero de 1981, después de tres días continuados de temporal y consecuente gran inquietud por una posible prolongación de nuestra estada cuyas horas, sin tareas que realizar, hubieran sido interminables por el obligado encierro, tuvimos otro regalo del cielo; buen tiempo y el helicóptero en Cerro Nevado ¡Por fin! A Marambio, y desde allí a Buenos Aires con nuestra preciosa carga de testimonios de una aventura, que en 1903 fue sensacional noticia periodística y hoy suceso histórico.

Hemos cumplido así una misión que no sólo nos era impuesta por un interés profesional sino, y esto es lo mas importante y lo que más nos llena de satisfacción, por la obligación moral de registrar y difundir los hechos trascendentes de nuestra historia, para que las generaciones presentes y futuras conozcan y valoren –y tomen como ejemplo- el esfuerzo y sacrificio de quienes nos precedieron en este nuestro peregrinar por la tierra, que no debe ser un simple pasar sino un voluntarioso realizar para el propio bien y el de toda la humanidad, en cumplimiento del misterioso designio de la Creación.

(*): Licenciado Santiago Mauro COMERCI

Licenciado en Historia egresado de la Universidad del Salvador. Técnico de Museos egresado de la UBA.

Fue investigador de Historia del Instituto Antártico Argentino (IAA) dependiente de la Dirección Nacional del Antártico (DNA) desde 1956 a 1996.

Los resultados de sus investigación en archivos nacionales y extranjeros (Archivo general de Indias , Sevilla-España y Archivo Naval de El Callao-Perú), han sido vertidos y publicados en las Series "Contribuciones" IAA y "Publicaciones" DNA.

Presto colaboraciones en la revista "il Polo" de Fermo, Italia y "Todo es Historia" de Buenos Aires, y en los Congresos de Historia Nacional y Regional convocados por el "Instituto de Investigaciones Históricas Tierra del Fuego" en Ushuaia (1980 – 1986) y Río Grande y de la "Academia Nacional de la Historia". Es autor de “Los argentinos y la Antártida" Anécdotas/Artículos: http://www.marambio.aq/index1.htm

Participó activamente en la Campaña antártica temporada estival 1979/80 y 1980/81, realizando tareas "in-situ" en la conservación y recuperación de la casa y relictos de la expedición antártica sueca (1901/03) en la isla Cerro Nevado de la Antártida Argentina.

Esta tarea fue seguida por el Historiador Antártico y Curador de los Museos Antárticos Dr. Ricardo Capdevila, con la conservación de esta casa y restauración de las chozas de Bahía Esperanza e Isla Paulet.

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