La acción Argentina en el Antártico
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En efecto, ya la España del siglo XV consideraba los territorios antárticos como propios, basada en los conocidos términos de la Bula "Inter Caetara" del año 1493; y en los del posterior tratado de Tordesillas, que fijaba los límites entre España y Portugal y que exacta y curiosamente establece: "...que signale... una raya o línea derecha de Polo a Polo, conviene a saber, del Polo Ártico al Polo Antártico".
Estas tierras integraron por lo tanto el Virreinato del Río de la Plata y fueron ocupadas hasta donde era posible y hasta donde podía exigirlos el derecho de gentes de la época.
En virtud de los principios generales que rigen la sucesión de los Estados, estas regiones pasaron a integrar el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata, que a lo largo del tiempo persistieron en perfeccionar el derecho que así habían recibido.
En tal sentido, las autoridades que se sucedieron a partir de 1810, tuvieron conciencia de la necesidad de continuar ocupando nuestro Sur.
Se inició de esta manera un proceso que duraría décadas con etapas de fundamental trascendencia, como la efectiva ocupación de nuestra descuidada Patagonia y el izamiento del Pabellón Nacional en la población más austral del mundo: Ushuaia.
Con esto, mucho se había hecho, pero faltaba aún llegar al confín más lejano de nuestro territorio.
Hasta el momento solo se había alcanzado el margen norte del pasaje de Drake o mar de Hoces, como fuera denominado primeramente por nuestros antepasados españoles.
Faltaba cumplir la última etapa: pasar a la otra margen, es decir, comenzar la ocupación de la Antártida.
Este trascendente paso tuvo principio de ejecución, cuando en 1904 el gobierno argentino ocupó las Islas Orcadas.
Fue éste el comienzo de la efectiva ocupación de lo que, por razones históricas, jurídicas, geográficas y geológicas hemos recibido en legítima herencia: la Antártida Argentina.
Los argentinos debemos recordar siempre que todas las etapas materializan la "marcha hacia el Sur" del país, y que esa "vocación austral" es empeño y propósito auténticamente argentino, no solo por el derecho que lo ampara, sino por el amor, la fe y el vigor con que se lo lleva a cabo.
Una epopeya rica en episodios de renunciamiento y heroísmo, de tenacidad y de grandeza, en la que algunos de sus hombres rindieron en holocausto sus vidas.
Una epopeya en la que todos, sin excepción, año tras año, ofrendan al país el sacrificio del riesgo permanente, el trabajo duro bajo condiciones climáticas y ambientales increíblemente rigurosas, en la soledad de esas inmensas vastedades y con la nostalgia de los seres queridos.
En ese blanco mundo fantasmagórico que no se ofrece mansamente a la conquista, sino que, por el contrario, solo se brinda a cambio de singular combate, es donde cada uno ha de arriesgar hasta su propia vida, dando de sí absolutamente todo, lejos de cualquier auxilio espiritual y material, sin la seguridad siquiera de que en su momento, como ha ocurrido tantas veces, los hielos implacables hagan posible el relevo de las dotaciones y con ello el anhelado retorno al hogar.
Así, desde hace años en una lucha constante con la violenta y sorpresiva acción de los elementos, los argentinos exploran y se adentran en el continente, dando término a cada misión con el parte lacónico y espartano de "misión cumplida", detrás del cual no pocas veces se esconden jornadas angustiosas e interminables de heroísmo.
Mas allá de expresión y ejercicio constante de la soberanía nacional en el Sector Antártico, los organismos competentes realizan durante todo el año en cada base antártica una intensa tarea científica, actividad programada y coordinada por la Dirección Nacional del Antártico, organismo creado con misión centralizadora del quehacer antártico argentino.
Todas estas tareas sirven no solo al país, sino también a la ciencia en general, y en consecuencia, a la humanidad.
Entre ellas cabe mencionar las exploraciones y reconocimientos aéreos, marítimos y terrestres, tendientes a penetrar cada vez mas en los secretos del área continental antártica, así como otra de singular valor, como relevamientos cartográficos, estudios hidrográficos y oceanográficos, glaciológicos y meteorológicos, observaciones ionosféricas y de geomagnetismo, estudios geológicos, geoquímicos y paleomagnéticos, de rayos cósmicos, investigaciones biológicas, estudios sobre fisiopatología del frío y, en general, sobre todos los aspectos de la naturaleza antártica.
Es una empresa constante, silenciosa y abnegada, digna por si sola de expresar con elocuencia la voluntad de grandeza, el impulso creador y la capacidad de proyección en el espacio y en el tiempo, de cualquier país de la Tierra.
De esta guerra pacífica, pero dura y sin cuartel, que se le libra para develar los misterios insondables del sexto continente, se beneficiará no solo la Argentina, sino la humanidad. Los argentinos podemos, entonces, sentirnos con justicia orgullosos de ello.